27 de octubre de 2010

¡Bienvenido a la eternidad, kompañero!

Al final, parece ser que la máxima popular siempre reproducida ante el dramático desenlace de quien pierde la temporalidad vital, se vuelve tan palpable y real que asusta: "al final, los buenos mueren".
Justamente, un tranquilo y pacífico día feriado que ya iba a quedar en la historia por ser el día del Censo Bicentenario, nos demuestra con todo el poder de la contingencia cuánto más se puede considerar frágil, efímera y corta esta temporalidad que nos toca vivir.
Fallece quien por aquel año 2003 fuera electo presidente, asumiendo el compromiso inclaudicable de materializar el cambio político y económico necesario para la reconstrucción de una patria herida de muerte por el neoliberalismo cipayo. Y así comenzó el crecimiento y desarrollo de una nueva edad patria. Pero injustamente, incomprensiblemente, y casi seguramente, el paso al más allá de las personas más útiles en este planeta se deba a algún tipo de requisito divino, misterioso y caprichoso, pero muy cierto y necesario para seguir la misión en algún otro lado de este universo conflictivo.
Estos días que hoy comienzan no son más que un preludio a la inmortalidad para quien, con fuerte desición y firme convicción, restituyera la memoria, la justicia y la oportunidad de un mejor país. El resurgimiento económico tras la bancarrota aliancista duhaldomenemista y radical se debió a una excelente gestión económica, innegable por donde se mire. Los beneficios económicos han retribuído mucho del trabajo de las clases populares y medias por salir adelante junto con la propia patria. Y algunos altos opositores de palabra le deben estar íntimamente agradecidos por la prosperidad general alcanzada, y por la propia, que les permite seguir llenándose la boca en vano.
La memoria, por haber convertido la ESMA en el Museo de la Memoria, cuya cualidad cultural y emblemática resignifica y reconvierte un centro clandestino de detenciones de los años setenta. Y la justicia, por haber dado incondicional apoyo al esclarecimiento de crímenes de lesa humanidad y su correspondiente perenne castigo por medio de dictámenes judiciales que se acercan al ideal de la misma.
Da mucha bronca el abandono repentino de un líder y guía, de un luchador y militante, de un patriota, ante la frágil arbitrariedad de la vida humana. Pero estoy convencido de que en el más allá hay completa libertad para elegir el cómo, el cuándo y el dónde. Porque en esta vida, en su comienzo y su correspondiente caducidad, nunca elegimos ni el cómo, ni el cuándo ni el dónde. Me imagino a Néstor, a Mariano Ferreyra, y a muchos otros, a su debido tiempo y modo, siendo guiados hacia un lugar eterno, en donde se requieran sus espíritus guerreros, para seguir hasta la victoria... siempre.
Mientras tanto, acá la lucha continúa... siempre.
¡Gracias por todo Néstor! ¡Fuerza Kris! ¡Acá estamos... como siempre!